CEFALEA
Hugo Malasangre
Chopin sonaba a lo lejos, como en un sueño. La vibración del aparato contra mi muslo izquierdo me trajo a la realidad. Busqué el celular a tientas, sin atreverme a abrir los ojos y contesté. La voz de Marcela me despertó por completo.
- ¿Todavía durmiendo? ¿Sabías qué está Dalí en la Estación Mapocho?
- ¿Dalí? Pensé que había muerto hace años.
- Weón pesao, me refiero a pinturas de Dalí ¿Qué dices? ¿Vamos? Salgo a las tres.
Por supuesto dije que sí, hace bastante tiempo ya que no puedo decir que no a nada de lo que Marcela me pide con tal de pasar tiempo con ella. Nos habíamos dormido abrazados, bastante ebrios por cierto. Ya habíamos bebido bastante en la casa del Brujo. El ritual de despedida de la época de carnavales había estado bastante emotivo, pero después habíamos mezclado cerveza, ron y vino en cantidades bastante apreciables. Ante la imposibilidad de caminar correctamente tuvimos que llamar a un taxista conocido de Marcela para ir desde Renca a mi departamento en Lo Prado. Ahí tenía una botella de buen ron dominicano y eso servía de incentivo para llegar pronto.
Bajamos el ron hablando de Rock y de la obra de María Luisa Bombal, Marcela fumó un cigarrillo, cosa bastante rara en ella. No sólo no fuma, siempre dice que el cigarrillo le produce asco. Echó el humo con suavidad en mi cara, acercó sus labios a los míos y los retiró a último momento, sólo porque le agradan ese tipo de juegos, se siente sexy. Yo acepto los juegos porque, claro, también me gustan. Nos dormimos abrazados en mi sofá cama casi sin darnos cuenta.
En algún momento llegaron mi hermano y su novia y nos tiraron algo encima para abrigarnos, yo no sentí nada, tampoco sentí cuando Marcela se levantó para ir a su trabajo en el Metro que no la deja libre ni siquiera los domingos, pero con el que se paga la Universidad. No sentí nada hasta la llamada que me permitiría ir a ver la obra de Dalí, a la que jamás hubiese ido a ver solo.
Mi celular me reveló que eran las 10 y 10 de la mañana, decidí tener un gesto supremo de fuerza de voluntad y levantarme. Me senté en la cama y pude sentir al mismo tiempo una fuerte punzada y un latido en mis sienes. Me quedé quieto un momento con la inútil esperanza de que se me pasara, inútil esperanza, conté hasta tres y me paré, una oleada de náusea se sumó al dolor.
Busqué los analgésicos sobre el refrigerador, pero me acordé que había tomado los últimos hacía dos días. Tenía que comprar, sobre todo después de que la ducha sólo me refrescó, sin disminuir ni una pizca mi dolor de cabeza.
Bajé los tres pisos sin apurarme, la mañana otoñal se sentía calurosa, salí del block y una luz cegadora, emanada de un sol implacable, multiplicó mi dolor de cabeza por mil. Cerré los ojos un momento para adaptarme, tenía una leve sensación de hambre mezclada con asco, mis oídos empezaron a impregnarse de los gritos de los feriantes ofreciendo sus productos, como todos los domingos había feria, se dice con razón que las ferias de ésta comuna son las más baratas del mundo, pero hoy no estaba con ánimo de compras.
Mi barrio es como muchos barrios de Lo Prado, lo componen una veintena de blocks, todos iguales, todos rojos, todos de ladrillos, todos de tres pisos, habitados por familias que a mí me parecen tan iguales como los blocks, familias que no conozco, que jamás me ha interesado conocer, familias que procrean niños que juegan en los espacios entre los blocks, espacios sin vegetación que asemejan a un desierto y que siempre me producen una sensación de desolación.
Para llegar al almacén más cercano tendría que atravesar la feria y eso podría ser un problema, teniendo en cuenta que la cantidad de alcohol en mi sangre y mi cerebro seguía siendo alta.
Entré en la feria procurando no chocar con persona, carro de feria o coche de guagua alguno. Sin ver frutas ni verduras algo me detiene. No puedo evitarlo, siempre me ha sido irresistible un paño repleto de discos, películas, juegos y música, me detengo en la música, a pesar de ser piratas las carátulas están hechas con mucho cuidado. Franz Ferdinand, no voy a preguntar cuánto vale, sé que si pregunto lo voy a comprar. No quiero gastar demás, por lo menos hoy no.
- ¿Cuánto vale? – 500
Pago y hecho el disco en mi bolsillo trasero, avanzo mirando a la gente, conozco la mayoría de las caras, sé que la mayoría conoce la mía, pero eso es todo, no hay mayor relación, no hay contacto. Palpo el disco en mi bolsillo y me insulto por tentado, pero después pienso en que a Marcela le gusta Franz Ferdinand y podremos oírlo juntos. Me gusta eso de sólo estar con ella y escuchar música, sin hablar, pero conectados. Sé que tira con el Langosta, me da lo mismo, no lo entiendo, pero no me importa. El tipo es un reconocido chanta, bastante siniestro y tiene un serio problema con las drogas, o tal vez sólo tengo celos. Bueno, si así fuera jamás lo admitiría.
- Malasangre que cara tienes.
- ¿Qué espera? Es domingo.
Juanita, amiga de hace tiempo, funcionaria de la Biblioteca Municipal desde hace muchos años. Dada mi adicción a los libros, inevitablemente terminamos siendo amigos. No en vano soy uno de los mejores “clientes” de la Biblioteca. Me ofrezco a llevarle una de las bolsas, lo rechaza con una risa.
- Con esa cara apenas te llevas tú mismo.
Me pregunta por mi hermano Álvaro, también asiduo de la Biblioteca, poeta, lo que no es raro en ésta comuna, Lo Prado tiene la mayor concentración de artistas por metro cuadrado que he visto en cualquier otro lado, pero Lo Prado es una suerte de Macondo, habitado por personajes extraños dedicados al arte, personajes que me hicieron avecindarme acá para siempre sintiéndome entre mis pares. Le digo que no sé de mi hermano desde ayer. Imagino que está con su novia Elsa, rockera a morir, pero buenita, raro. Marcela no tiene nada de buenita, es más, es un tanto hija de puta, pero creo que eso es precisamente lo que me atrae de ella.
Me despido de Juanita, nunca he sabido por que la llaman con un diminutivo, pero siempre ha sido así. Estoy frente al almacén y entro, por suerte sólo hay una persona antes que yo y ya está pagando sus cuatro panes.
-Una tira de analgésicos porfis - digo tratando de ser simpático, no me resulta.
Es la misma señora de todos los días durante los últimos nueve años y recién hoy caigo en cuenta de que ni siquiera sé su nombre, ni siquiera recuerdo haberle sonreído alguna vez. A ella la he visto sonreír, pero jamás a mí y sé que no es ella la que eligió eso, soy yo. Deja la tira de analgésicos sobre el mesón.
- Son 130 pesos – dejo las monedas justas sobre el mesón y cojo la tira.- Gracias que tenga un buen día- le digo con una sonrisa.
Me miró como si fuese la primera vez que me viera, pero sonrió y dijo “Gracias”. Ya tenía los analgésicos sólo me faltaba líquido. Caminé una cuadra más evitando el sol, me sentía algo más animado, entré al local refrescado por un ventilador, una de las decenas de botillerías que existen en ésta comuna.
- Dos latas Becker muy heladas
Pagué, salí, puse dos pastillas en mi boca y vacié una lata de un trago, destapé la otra y la tome a sorbos mientras caminaba de regreso entre las miradas divertidas de los habitantes de la feria. Llegué al departamento sin dolor de cabeza y sin náuseas, levemente mareado es cierto, pero definitivamente mejor.
Ya era hora de desayunar, puse a Franz Ferdinand en el equipo y también a calentar agua.
El café y las tostadas terminaron por afirmarme el estómago, tanto que por un momento pude bailar a saltos Dark of a Matineé, los $500 habían estado muy bien invertidos. No sentía ganas de fumar, había sido demasiado la noche anterior. El cenicero aún estaba lleno de colillas malolientes, lo vacié en el basurero. Tenía tres horas libres y me sentía definitivamente bien, llené un vaso de coca cola, y tomé a Julio Cortázar para pasar el tiempo. Disfruté el líquido y a Cortázar largo rato, hasta que tocaron la puerta.
El Grúa, con una cara peor que la que yo pude haber tenido hacía unas horas y con su ropa de trabajo bastante arrugada.
- Compadre no he dormido nada ¿Se toma un whiskicito? Dijo tambaleándose.
El Grúa un lopradino de nacimiento, habitante de la Villa Kennedy, al igual que yo trabaja en una embotelladora y a veces tiene, como yo, que visitar algunos supermercados los domingos, el problema es que cuándo lo hace curado le baja la valentía mechera y le da por robar copete. Venía con dos etiqueta roja y un Chivas. Partí a buscar hielo maldiciendo al Grúa en voz alta por venir a tentarme y decidido a tomar máximo dos vasos, más que eso pondría en peligro mi encuentro con Marcela. Por suerte el Grúa estaba tan ebrio que se le cerraban solos los ojos y apenas tomó medio vaso. Yo cumplí mi propósito y apenas terminé mi segundo whisky lo desperté.
- Grúa oye, tengo que salir- Puta que soy mala onda weón te vengo a ver y me dai filo- Weón tengo cita con una dama.
En gente como el Grúa ese argumento es infalible, abrió más los ojos y se enderezó.
- Eso es distinto compadre, échese una por mí.
- Es sólo una amiga - ¿Una amiga? Sí oh¡
-En serio es una amiga especial y si puede escoger prefiere comer langosta
El Grúa me miró con cara de no entender mucho
- ¿Langosta? Puta que caro.
- Olvídalo- dije- sólo estoy supurando por la herida- y era cierto.
Prácticamente lo saqué del departamento, la verdad es que quería estar un rato solo.
- Ándate a la mierda Malasangre, toma un regalo – dijo pasándome un etiqueta roja.
Cerré la puerta por supuesto después de tomar la botella, esperando que el Grúa bajara los tres pisos sin incidentes. Sentí que necesitaba otra ducha y la tomé. Una ensalada de tomates y pepinos aplacó el hambre y la ansiedad. Era hora de moverme, aún tenía que caminar al Metro y meterme en el personaje del hijo de puta un tanto cínico al que nada le importa mucho, personaje que me permite decirle a Marcela hasta que la amo logrando que suene irónico.
Salí y compre un par de Becker para el camino, total a Marcela le parece divertido mi eterno tufo a copete y la verdad; la verdad es que de nuevo tengo incluso ganas de verla.